Consuelo al amanecer (un cuento a las madres)

Mother's Touch by trueformshow

La gente intentaba hablar conmigo, como era de esperarse, para abrazarme y darme palmaditas en la espalda, contándome acerca de lo genial que era mi madre. Los evitaba, sabía perfectamente qué tan genial llegó a ser mi madre y no necesitaba que algún extraño me lo dijera, haciéndome sentir peor de lo que estaba.

La muerte de alguien de la familia es un suceso que no deja indiferente a nadie, por más que uno no haya estado tan apegado a esa persona. Es la sangre, más que nada, que nos estira hacia una emoción u otra, pero la indiferencia nunca es el efecto final. Ahí estaba yo, mirando el ataúd de mi madre, a quien no veía desde hace un tiempo porque estaba en otro país persiguiendo mis sueños. Pero ya sabía qué tan genial llegó a ser en vida, no había novedades al respecto.

Como en cualquier drama efectista, podía escuchar el piano de fondo cuando las personas depositaban  flores sobre el féretro, mientras este descendía lentamente bajo tierra. Todo lo que yo escuchaba eran las gotas de agua que golpeaban mi cabeza, en ese momento, vacía, como una olla de cocina siendo golpeada por un cucharón. Escuché a mi madre avisando que ya estaba lista la comida, mientras jugaba en el patio trasero de casa. Yo tenía siete años. Sonreí.

Realmente se sentía cada vez más como una película, había algo irreal en el aire. Todo era tan gris. ¿Por qué la gente se somete a semejante ritual? Recuerdo que siempre dije que en mi testamento dejaría dicho claramente que en mi funeral todos deberán contar chistes sobre mi persona, pero hasta ahora no me preocupé en pensar en eso siquiera. ¿Y si yo muriera mañana? ¿Qué sería de mis hijos? Estaba en el funeral de mi madre, y me puse a pensar en tareas y compromisos y responsabilidades. Me lo reproché severamente al instante, en silencio, claro, por tener la mente en otro lado.

Dejó de llover. La gente seguía arrojando flores sobre el ataúd. Algunos tiraban estampas con símbolos religiosos y otros simplemente pasaban de lado persignándose superficialmente. ¿Acaso mi madre no valía el tiempo en comprar un miserable pedazo de cartón? ¿Eso era todo lo que tenían que ofrecer? Unos débiles rayos de sol me pegaron en el rostro, advirtiéndome de una ira innecesaria que repentinamente me cegó. Caí de la bicicleta y mi madre vino corriendo para levantarme y llevarme en brazos adentro. Tenía nueve años. Sonreí.

Era simpático y a la vez raro, recordar anécdotas dejadas en el pasado, sobre una vida inocente y envidiable, llena de amor y cariño por parte de mis padres. Podría ponerme a contar muchas cosas sobre ella, de mi niñez y mi adolescencia, pero la gente no parecía tener muchas ganas de eso. Sólo hablaban de lo genial que fue en los últimos años, cuando pasaron más tiempo a su lado, tiempo en el que yo no estuve con ella.

Caí en cuenta de que realmente no estuve con ella en los últimos años de su vida, y me encontré deseando que todo fuera un sueño. Abrí los ojos, estaba despertando y mamá intentaba levantarme por décima vez. Le dije que dejara de molestar y volví a dormir. Tenía once años. No sonreí.

Ahí, por primera vez en toda la tarde, eché una lágrima. Lentamente a mi alrededor se iba difuminando todo, no era más una multitud abigarrada que desfilaba mecánicamente ante un evento que les afectaba momentáneamente. Algunas personas tenían prisa en regresar a sus autos, y entendí que había empezado a lloviznar nuevamente. ¿Qué hora era? Eran las diez de la mañana cuando llegamos pero ahora había una negrura que estaba cubriéndolo todo. Regresé a casa empapado por la lluvia y mamá me estaba preparando una sopa caliente. No le hice caso y entré a mi habitación a cambiarme de ropa y acostarme a dormir. Tenía catorce años. ¿Qué era esto?

Hace unos minutos tenía una sonrisa en el rostro, recordando buenos momentos, ahora no podía pensar en uno jovial durante los últimos años que pasé con ella. Levanté la mirada y todo se detuvo. Súbitamente, el tiempo y el espacio habían dejado de existir, y el cuadro solo mostraba a un hombre de pie frente a una fosa. Sólo con sus pensamientos. Solo con mis recuerdos, o la ausencia de ellos.

¿Por qué no podía recordar nada bueno? Tenía una imagen borrosa en la mente, como una débil sinapsis, moribunda. Regresé de una noche de la universidad y mamá me había preguntado que tal me fue en los exámenes y, cuando insistió, luego de haberla ninguneado un par de veces, le grité que me dejara en paz. No, no, no. No era ese el recuerdo que estaba buscando. ¡¿Por qué no podía recordar nada bueno?!

La tenue llovizna pasó a ser un chubasco que comenzaba a picar, pero no había adonde ir. Estaba rodeado de fantasmas que me observaban obligándome a enfrentar la verdad que yacía frente a mis ojos: mi madre había dejado este plano, y yo no fui más que un hijo mediocre. Todo este tiempo creyendo lo contrario, engañándome para poder escapar sin remordimientos a buscar mis supuestos sueños. Ni siquiera podía recordar la última vez que le dije que la amaba. ¡Y lo hacía! Lo sentía de verdad, ¿y qué realmente había ido a hacer afuera? ¿Qué había conseguido?

Bajé la mirada y miré las palmas de mis manos mientras la lluvia se convertía en algo que segundos después sería una pequeña tormenta de culpa. El piano fúnebre imaginario ya no acompañaba  la tarde, solo había un eco repetitivo de cada gota que iba erosionando aquel detestable cuadro, que se desdibujaba de tanto arrepentimiento. No quería que mis últimas palabras fueran “lo siento”, pero no se me ocurría qué más decir. Lo siento, madre, por no aprovechar tu inmaculada existencia. Gracias por hacer tu mejor esfuerzo en cuidarme y quitar lo mejor de mí.

“Lo siento.”

Lo último que recuerdo fue observar ese pozo, donde no dejé ni flores ni estampas sino la pesadilla de un futuro no deseado. Luego simplemente caí. Estaba sollozando y lagrimeando, abriendo los ojos mientras la oscuridad pasaba a convertirse en luz. Mamá estaba sentada al borde de la cama. “Estabas teniendo una pesadilla”, me dijo con esa dulce voz, a pesar de la edad. “Despertate y ayudame con las cosas de la casa”.

Sentí sus manos apretando la mía. Tenía catorce años.

“Mamá… Te amo”.

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9 pensamientos en “Consuelo al amanecer (un cuento a las madres)

  1. ¡Muy bueno! La lluvia y el piano siguen sonando también en mi mente

  2. Excelente. Muy emotivo y real.

  3. Valeria Ramirez dice:

    emocionante… justo hace unos dias mi esposo perdio a su madre, no imagino lo que debe ser perder a la mama una semana antes de su cumpleaños, quince dias antes del dia de la madre…. esto me da fuerzas, para darle fuerzas a el… como siempre manu, la precisa!

  4. [...] Compartilo!TwitterFacebookLike this:LikeBe the first to like this post. from → Mr. Yo ← Consuelo al amanecer (un cuento a las madres) No comments [...]

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