Esta vez, yo estaba sin palabras.
Ya tuvimos nuestras peleas y discusiones, debates y reflexiones, pero siempre ambos teníamos algo que decir. Esta vez, yo estaba sin palabras. Desde el momento en que llegaste, vi en tu rostro un aura de dolor y sabía que todo era diferente. Ya no éramos aquellos que dormíamos en la hamaca bajo el techo del garaje de casa, mientras el viento llevaba hasta nosotros las gotas de lluvia que caían tan parsimoniosamente. Ya no había sexo la madrugada de los sábados ni tereré los domingos de tarde, mientras veíamos al vecino pasear a sus perros. Ya no quedaba mucho de nosotros.
Te sentaste frente a mí y me miraste directo al alma, que aunque ya no éramos los mismos, nadie más me conocía como vos, pues sabías dónde mirar para activarme o apagarme, y no había escondite en mi cuerpo donde las cosquillas pudieran refugiarse cuando tenías la intención de hacerme reír. Pero esta mirada era distinta, porque no había motivos para dibujar sonrisas, ni fingirlas, como cuando repetías los malos chistes de tu abuelo o contabas anécdotas relacionadas con tu trabajo, las cuales sólo tenían gracia porque creaban esos hoyuelos a los costados de tu boca, tan hermosos que me hacían olvidar que estaba aburrido un minuto antes de verte.
Me hiciste unas preguntas, pero lo que había ocurrido no tenía explicación. No sabía qué decirte, ni cómo responderte, así que me quedé callado mientras evitabas sollozar ahí sentada, simulando una fuerza que yo sabía te había abandonado. Así como yo, que no tenía pretextos para mi ausencia, ni existía un método eficaz en el universo para disculparme por no estar contigo cuando dije que lo estaría. Quería gritar y simplemente abrazarte y no soltarte durante diez minutos, como cuando hacía alguna estupidez y no podía contra mi inútil orgullo, que no podía decirte “lo siento” y demostraba mi arrepentimiento con un largo abrazo.
Hablaste durante un buen rato, sobre visitas y prohibiciones que te ibas a imponer, y recomendaciones y sugerencias que recibías de otras personas sobre nuestra relación, y yo sólo quería interrumpirte y distraerte con un “Hey, te acordás de aquella vez que tu mamá nos pilló teniendo sexo en tu habitación, y lo primero que se te ocurrió fue gritar ‘Él empezó’ saltando de la cama cubierta con la frazada, dejándome desnudo. Pero no lo hice, hubiera sido inapropiado, aunque era un recuerdo al cual siempre volvíamos cada vez que terminábamos agotados en la cama.
La verdad es que estaba tan desesperado como vos, sintiendo como el cuerpo se me secaba por tenerte tan cerca, llevándote mi vida en una caja de zapatos repleta de fotografías nuestras; y yo aún sin saber qué decir. Todos los malos recuerdos se difuminaban, y sólo quedaba el deseo insaciable de un beso eterno y una caricia que hiciera retroceder el tiempo para sentirte plena una vez más.
Los días y las noches eran testigos de nuestras charlas y desvaríos, pero ahora la hamaca ya no se mecía y las gotas de lluvia simplemente desaparecían en el patio delantero de casa. Ya no había sonrisas, ya no había locuras, la relación se había terminado. Esta vez, yo estaba sin palabras, y así quedé mientras te levantabas y despedías con un suspiro ahogado, y no había nada más que hacer. Ahora sólo queda la ausencia eterna y un abandono irremediable, y mi cuerpo inmóvil dentro de este elegante féretro que se entrega a un mundo desconocido, el cual se me hace aburrido por el simple hecho de saber que no estarás en él.

sublime, triste, hermoso… que lindo volverte a leer
Snif, muy lindo cuento. Espero que no sea una despedida para alguien en serio.
No puedo decir que me gusta lo que escribiste, simplemente por el hecho de que viví esa experiencia y fue demasiado dolorosa (tanto que hoy día sigo queriendo a esa persona que al final se fue). Es horrible ese sentimiento, ese vacío, esas horas que te vuelven a sobrar porque ya no pasas tiempo con ella y se transforman en insomnio, en pensamientos de “que hubiera pasado si…”, si hubiese reconocido y demostrado externamente que mi orgullo no valía nada en comparación al amor que sentía (y sigo sintiendo) por ella, en lugar de solo callar…
Es difícil decir que lo que escribiste es algo bueno o que me guste, pero las entiendo perfectamente…
Nice Mr. Cristal
La verdad, sin palabras.
Entiendo que la despedida es siempre dolorosa, y no voy a decir que no la he sufrido en carne propia; mientras más está comprometido uno, más duele, pero este cuento me mostró otra cara: que no todo tiene que ser horrible y desesperanzador, y que puede haber algo de belleza en medio de tanta desgracia.
Muy, muy lindo Manu.
Fui la unica que entendio mal o alguien murio al final? Por eso habla de feretro y de un viaje a un mundo desconocido. Si es asi es aun mas triste. Pero mas que genial el escrito.
Escribís demasiado bien, de seguro para vos esto tiene un significado especial y quizás ninguno de nosotros jamás lo entienda. Aún así, felicitaciones
hoy dia ya no hablo de eso. pero en su momento, senti eso… y dolio. despues de mucho tiempo, a veces duele. es una musica, una calle, o simplemente una bocanada que sale del estomago. misteriosa vida que nos empuja a experimentar aquello que nos cuesta tanto: despedir/aceptar ser despedido. comparto y me uno a la locura de vivir con esto. un beso.
Buenísimo, me gusta la poética de tu prosa que hace fácil y agradable leerte, acompañado de figuras cotidianas y simples, disfruté mucho paseándome por tu cuento. Fantástico. Voy a seguir practicando para alcanzarte maestro
Ok. Has ganado una fan a éste blog. ¡Me encantó la historia! Y más allá de ella misma, me gustó poder imaginar tan fácilmente escenarios y caras. Y sí, a sus hoyuelos yo les puse pecas en mi mente
. Abrazo.