Madre, novia, esposa, amiga: Mujer

En estos días estuve recordando una vez que fui a visitar a un amigo a Barrio Obrero, y a la vuelta, caminando por una calle semi desierta, me topé con una chica de unos veintitantos sentada al borde de la vereda. Al principio parecía que simplemente estaba esperando a alguien, pero mientras me acercaba más me di cuenta de que estaba sollozando con mucha fuerza, casi hiperventilando. Ella intentaba calmarse, se notaba el esfuerzo en su cara en los momentos que no la tenía cubierta con las manos, pero parecía que aún tenía mucho que descargar ya que no cesaba de gemir escondiendo la cara.

Yo simplemente seguí caminando, aunque lo hice más lentamente que cuando estaba lejos de ella. La miré de reojo cuando pasé detrás y luego de unos metros me detuve. No sé exactamente qué me impulsó a acercarme a ella, pero me encontré dando unos pasos hacia donde se encontraba y luego volví a detenerme bruscamente cuando se percató de mi presencia. La chica levantó la mirada y clavó sus ojos en mí. Yo entonces me di cuenta de que estaba asustado, no porque nunca me había acercado así a una chica en la calle, o porque llegó a parecerme hermosa, sino por la impresión que me causó el moretón que tenía en el ojo derecho.

No sabía qué hacer, nunca había estado en una situación similar, nunca había visto a una mujer golpeada, al menos no en la vida real. Mientras ella seguía mirándome, con el rostro rojo de tanto llorar, yo no supe más que hacer que dar media vuelta y seguir caminando. Es una de las decisiones más estúpidas que tomé en toda mi vida, y aún hoy me detengo a veces a preguntarme qué habrá sido de ella. Pero yo tenía 14 años y no sabía cómo reaccionar; si hubiera sido hoy, la historia quizás hubiese sido distinta. De repente me puse a preguntarme ¿qué habrá pasado? ¿qué cosa tan horrible habrá hecho ella para merecer eso? Las estadísticas dicen que lo más probable es que no haya hecho nada malo, sino estar al lado de algún idiota, ¿qué tan mal de la cabeza debe estar alguien para hacerle eso a una mujer?

Este recuerdo me saltó a la cabeza hace un par de días cuando leía a @titevera (a quien pertenece la imagen de cabecera) hablar sobre cómo extrañaba a su mamá, y luego me puse a pensar que esa mujer podría ser la mamá de alguien, una amiga, una esposa, una novia, una hija, y esa persona que provocó el moretón, no la estaba disfrutando como tendría que ser, sino todo lo contrario. Una pena, una verdadera pena. Me puse a reflexionar sobre mi propia madre y sólo tuve ganas de abrazarla, algo que hago siempre, pero quizás no lo suficiente. La vida se disfruta mientras haya vida, no se deben dejar las demostraciones para mañana. Pueden dejar tareas para mañana, trabajos pendientes, citas y reuniones, salidas y caprichos personales, pero no deben dejar para mañana esa expresión de amor que sus madres están mereciendo desde hace más de 20 años, desde que soportaron tenerlos durante nueve meses adentro de ellas.

Yo ya le di el beso de buenas noches a la mía. ¿Y ustedes, qué tanto están disfrutando de sus mamás?

Bonus: Les invito a leer el cuento que escribí en el día de las madres: Consuelo al Amanecer

Consuelo al amanecer (un cuento a las madres)

Mother's Touch by trueformshow

La gente intentaba hablar conmigo, como era de esperarse, para abrazarme y darme palmaditas en la espalda, contándome acerca de lo genial que era mi madre. Los evitaba, sabía perfectamente qué tan genial llegó a ser mi madre y no necesitaba que algún extraño me lo dijera, haciéndome sentir peor de lo que estaba.

La muerte de alguien de la familia es un suceso que no deja indiferente a nadie, por más que uno no haya estado tan apegado a esa persona. Es la sangre, más que nada, que nos estira hacia una emoción u otra, pero la indiferencia nunca es el efecto final. Ahí estaba yo, mirando el ataúd de mi madre, a quien no veía desde hace un tiempo porque estaba en otro país persiguiendo mis sueños. Pero ya sabía qué tan genial llegó a ser en vida, no había novedades al respecto.

Como en cualquier drama efectista, podía escuchar el piano de fondo cuando las personas depositaban  flores sobre el féretro, mientras este descendía lentamente bajo tierra. Todo lo que yo escuchaba eran las gotas de agua que golpeaban mi cabeza, en ese momento, vacía, como una olla de cocina siendo golpeada por un cucharón. Escuché a mi madre avisando que ya estaba lista la comida, mientras jugaba en el patio trasero de casa. Yo tenía siete años. Sonreí.

Realmente se sentía cada vez más como una película, había algo irreal en el aire. Todo era tan gris. ¿Por qué la gente se somete a semejante ritual? Recuerdo que siempre dije que en mi testamento dejaría dicho claramente que en mi funeral todos deberán contar chistes sobre mi persona, pero hasta ahora no me preocupé en pensar en eso siquiera. ¿Y si yo muriera mañana? ¿Qué sería de mis hijos? Estaba en el funeral de mi madre, y me puse a pensar en tareas y compromisos y responsabilidades. Me lo reproché severamente al instante, en silencio, claro, por tener la mente en otro lado.

Dejó de llover. La gente seguía arrojando flores sobre el ataúd. Algunos tiraban estampas con símbolos religiosos y otros simplemente pasaban de lado persignándose superficialmente. ¿Acaso mi madre no valía el tiempo en comprar un miserable pedazo de cartón? ¿Eso era todo lo que tenían que ofrecer? Unos débiles rayos de sol me pegaron en el rostro, advirtiéndome de una ira innecesaria que repentinamente me cegó. Caí de la bicicleta y mi madre vino corriendo para levantarme y llevarme en brazos adentro. Tenía nueve años. Sonreí.

Era simpático y a la vez raro, recordar anécdotas dejadas en el pasado, sobre una vida inocente y envidiable, llena de amor y cariño por parte de mis padres. Podría ponerme a contar muchas cosas sobre ella, de mi niñez y mi adolescencia, pero la gente no parecía tener muchas ganas de eso. Sólo hablaban de lo genial que fue en los últimos años, cuando pasaron más tiempo a su lado, tiempo en el que yo no estuve con ella.

Caí en cuenta de que realmente no estuve con ella en los últimos años de su vida, y me encontré deseando que todo fuera un sueño. Abrí los ojos, estaba despertando y mamá intentaba levantarme por décima vez. Le dije que dejara de molestar y volví a dormir. Tenía once años. No sonreí.

Ahí, por primera vez en toda la tarde, eché una lágrima. Lentamente a mi alrededor se iba difuminando todo, no era más una multitud abigarrada que desfilaba mecánicamente ante un evento que les afectaba momentáneamente. Algunas personas tenían prisa en regresar a sus autos, y entendí que había empezado a lloviznar nuevamente. ¿Qué hora era? Eran las diez de la mañana cuando llegamos pero ahora había una negrura que estaba cubriéndolo todo. Regresé a casa empapado por la lluvia y mamá me estaba preparando una sopa caliente. No le hice caso y entré a mi habitación a cambiarme de ropa y acostarme a dormir. Tenía catorce años. ¿Qué era esto?

Hace unos minutos tenía una sonrisa en el rostro, recordando buenos momentos, ahora no podía pensar en uno jovial durante los últimos años que pasé con ella. Levanté la mirada y todo se detuvo. Súbitamente, el tiempo y el espacio habían dejado de existir, y el cuadro solo mostraba a un hombre de pie frente a una fosa. Sólo con sus pensamientos. Solo con mis recuerdos, o la ausencia de ellos.

¿Por qué no podía recordar nada bueno? Tenía una imagen borrosa en la mente, como una débil sinapsis, moribunda. Regresé de una noche de la universidad y mamá me había preguntado que tal me fue en los exámenes y, cuando insistió, luego de haberla ninguneado un par de veces, le grité que me dejara en paz. No, no, no. No era ese el recuerdo que estaba buscando. ¡¿Por qué no podía recordar nada bueno?!

La tenue llovizna pasó a ser un chubasco que comenzaba a picar, pero no había adonde ir. Estaba rodeado de fantasmas que me observaban obligándome a enfrentar la verdad que yacía frente a mis ojos: mi madre había dejado este plano, y yo no fui más que un hijo mediocre. Todo este tiempo creyendo lo contrario, engañándome para poder escapar sin remordimientos a buscar mis supuestos sueños. Ni siquiera podía recordar la última vez que le dije que la amaba. ¡Y lo hacía! Lo sentía de verdad, ¿y qué realmente había ido a hacer afuera? ¿Qué había conseguido?

Bajé la mirada y miré las palmas de mis manos mientras la lluvia se convertía en algo que segundos después sería una pequeña tormenta de culpa. El piano fúnebre imaginario ya no acompañaba  la tarde, solo había un eco repetitivo de cada gota que iba erosionando aquel detestable cuadro, que se desdibujaba de tanto arrepentimiento. No quería que mis últimas palabras fueran “lo siento”, pero no se me ocurría qué más decir. Lo siento, madre, por no aprovechar tu inmaculada existencia. Gracias por hacer tu mejor esfuerzo en cuidarme y quitar lo mejor de mí.

“Lo siento.”

Lo último que recuerdo fue observar ese pozo, donde no dejé ni flores ni estampas sino la pesadilla de un futuro no deseado. Luego simplemente caí. Estaba sollozando y lagrimeando, abriendo los ojos mientras la oscuridad pasaba a convertirse en luz. Mamá estaba sentada al borde de la cama. “Estabas teniendo una pesadilla”, me dijo con esa dulce voz, a pesar de la edad. “Despertate y ayudame con las cosas de la casa”.

Sentí sus manos apretando la mía. Tenía catorce años.

“Mamá… Te amo”.

La despedida

"One Lonely Girl", by Alais Photography

Esta vez, yo estaba sin palabras.

Ya tuvimos nuestras peleas y discusiones, debates y reflexiones, pero siempre ambos teníamos algo que decir. Esta vez, yo estaba sin palabras. Desde el momento en que llegaste, vi en tu rostro un aura de dolor y sabía que todo era diferente. Ya no éramos aquellos que dormíamos en la hamaca bajo el techo del garaje de casa, mientras el viento llevaba hasta nosotros las gotas de lluvia que caían tan parsimoniosamente. Ya no había sexo la madrugada de los sábados ni tereré los domingos de tarde, mientras veíamos al vecino pasear a sus perros. Ya no quedaba mucho de nosotros.

Te sentaste frente a mí y me miraste directo al alma, que aunque ya no éramos los mismos, nadie más me conocía como vos, pues sabías dónde mirar para activarme o apagarme, y no había escondite en mi cuerpo donde las cosquillas pudieran refugiarse cuando tenías la intención de hacerme reír.  Pero esta mirada era distinta, porque no había motivos para dibujar sonrisas, ni fingirlas, como cuando repetías los malos chistes de tu abuelo o contabas anécdotas relacionadas con tu trabajo, las cuales sólo tenían gracia porque creaban esos hoyuelos a los costados de tu boca, tan hermosos que me hacían olvidar que estaba aburrido un minuto antes de verte.

Me hiciste unas preguntas, pero lo que había ocurrido no tenía explicación. No sabía qué decirte, ni cómo responderte, así que me quedé callado mientras evitabas sollozar ahí sentada, simulando una fuerza que yo sabía te había abandonado. Así como yo, que no tenía pretextos para mi ausencia, ni existía un método eficaz en el universo para disculparme por no estar contigo cuando dije que lo estaría. Quería gritar y simplemente abrazarte y no soltarte durante diez minutos, como cuando hacía alguna estupidez y no podía contra mi inútil orgullo, que no podía decirte “lo siento” y demostraba mi arrepentimiento con un largo abrazo.

Hablaste durante un buen rato, sobre visitas y prohibiciones que te ibas a imponer, y recomendaciones y sugerencias que recibías de otras personas sobre nuestra relación, y yo sólo quería interrumpirte y distraerte con un “Hey, te acordás de aquella vez que tu mamá nos pilló teniendo sexo en tu habitación, y lo primero que se te ocurrió fue gritar ‘Él empezó’ saltando de la cama cubierta con la frazada, dejándome desnudo. Pero no lo hice, hubiera sido inapropiado, aunque era un recuerdo al cual siempre volvíamos cada vez que terminábamos agotados en la cama.

La verdad es que estaba tan desesperado como vos, sintiendo como el cuerpo se me secaba por tenerte tan cerca, llevándote mi vida en una caja de zapatos repleta de fotografías nuestras;  y yo aún sin saber qué decir. Todos los malos recuerdos se difuminaban, y sólo quedaba el deseo insaciable de un beso eterno y una caricia que hiciera retroceder el tiempo para sentirte plena una vez más.

Los días y las noches eran testigos de nuestras charlas y desvaríos, pero ahora la hamaca ya no se mecía y las gotas de lluvia simplemente desaparecían en el patio delantero de casa. Ya no había sonrisas, ya no había locuras, la relación se había terminado. Esta vez, yo estaba sin palabras, y así quedé mientras te levantabas y despedías con un suspiro ahogado, y no había nada más que hacer. Ahora sólo queda la ausencia eterna y un abandono irremediable, y mi cuerpo inmóvil dentro de este elegante féretro que se entrega a un mundo desconocido, el cual se me hace aburrido por el simple hecho de saber que no estarás en él.

¿Qué es el RESPETO?

¿Qué es respeto? ¿La valoración del prójimo? ¿La aceptación de la existencia de otra persona? ¿El acatamiento que se hace a alguien?, según dice el diccionario de la RAE. El respeto, ¿se gana o se merece? ¿Merezco el respeto de todos ustedes sin haberme conocido nunca en persona o hice algo malo como para no considerarme una persona meritoria de respeto?

Estuve haciéndome estas preguntas en estos días, llegando siempre a la misma conclusión, todo a raíz de una publicación mía en mi perfil del Facebook, en el que despotriqué con total libertad y “falta de respeto” a los jóvenes fallecidos el pasado fin de semana en el accidente automovilístico en San Bernardino. Antes de continuar leyendo, les sugiero que lo lean en este enlace.

Cuando ocurren esta clase de desgracias, y mueren jóvenes, adolescentes e incluso niños, la red se llena de mensajes de condolencia, pena y toda clase de empatía. Se pueden leer frases como “que esto sirva de ejemplo” y parecidos, que misteriosamente pasan al olvido a la semana siguiente.

Yo fui vapuleado por un grupo de personas (como podrán leer en los comentarios de la publicación) por una falta de sensibilidad, de respeto, y por si fuera poco, de humanidad. “Ojalá no se te muera así un ser querido”, me decían, como si mi corazón sufriera de forma progresiva de un congelamiento irremediable.

Yo ya vi la muerte muy de cerca durante mi adolescencia, la presencié de segunda mano con la pérdida de mi mejor amigo y con la constante preocupación que tuve por otras amistades que se encontraban regularmente al borde del precipio. Alcohol, drogas y un total descontrol, y ya vi la muerte de cerca. Por supuesto, eso no me convierte en una entidad poseedora de la verdad absoluta, pero definitivamente me hace sentir con derecho a decir lo siguiente:

Si manejás un automóvil en estado de ebriedad y te llevás por delante a medio mundo, sos un pelotudo de mierda estando vivo o estando muerto. ¿Por qué debería respetar yo la no existencia de alguien que solamente era un peligro para la existencia de otra persona? ¿Porque no lo conocía? ¿Porque era amigo, hijo, novio de alguien más?

Mi mejor amigo murió porque estaba en la carrocería de una camioneta conducida por alguien en estado de ebriedad, y lloré su muerte, pero eso no hace que haya sido menos pelotudo. Leí lamentaciones de personas allegadas a algunos de los fallecidos, pero su añoranza no quita el hecho de que estar conduciendo el automóvil a 200Km/s es un crimen, y por lo tanto, ellos eran potenciales criminales. ¿Por qué debería respetar?

En alguno de los comentarios alguien me tilda de hipócrita, como si tal título fuera algo tan difícil de conseguir, como si nadie más deseara en silencio que ciertas personas murieran o sufrieran percances. Y no iba a escribir sobre esto, pero hace media hora una amiga, compañera de cursillo de uno de los fallecidos, me escribió lo siguiente:

“Probablemente no sea lo más bueno decir esto, pero él era un completo idiota, no me sorprende para nada que haya muerto borracho”.

Hay niveles y niveles de hipocresía. Hay niveles y niveles de respeto. Por supuesto, nadie en mi publicación se hubiese quejado en absoluto si estos tres jóvenes se hubiesen llevado con ellos a una niña de 10 años que justamente cruzaba la calle, o a una familia, o a algún perro.

Dudo mucho que hubiese recibido tanta bronca por parte de unos cuantos pseudo-sensibles si estos tres pelotudos de mierda se hubiesen llevado por delante a alguna persona inocente. Alguien inclusive puso una cara triste porque derribaron un árbol en el accidente, y definitivamente ese árbol podría haber tenido más vida que los tres individuos juntos. Ese árbol no necesitaba salir a demostrar su virildad con mucho alcohol y mucha velocidad. ¿Les debo respeto a ellos? En absoluto.

Claro, ninguna de estas personas despotrica con deseos fervientes de muerte a los políticos y a los pedófilos y a los asesinos múltiples y a los ladrones. Existe una notable escala de grises que algunos no quieren ver, y prefieren callarse para estar en el grupo de los “sensibles” y “respetuosos” durante un momento, para luego volver a su estado natural. La diferencia entre mi amiga y yo, es que yo dije exactamente lo que pensaba y sigo pensando. ¿Eso me hace menos persona? ¿Eso me hace menos humano?

Y al contrario de lo que algunos sugieren, no me pone FELIZ que ellos hayan muerto. Quizás dejando de lado este horrible percance, podría o no tratarse de personas interesantes que podrían haber aportado o no algo interesante a la vida. No puedo saberlo. No, lo que siento es ALIVIO. Alivio porque murieron solamente ellos y nadie más. Alivio porque murieron ese día y no el próximo sábado, quizás cuando hubiesen decidido salir con el mismo automóvil a 200Km/h sobre la Avda. Mcal. López, en el momento exacto en que mi novia y yo estaremos cruzándola, siendo eliminados de esta vida por culpa de su idiota irresponsabilidad e imprudencia.

Y mientras sigan muriendo personas producto de la irresponsabilidad y la imprudencia, llevándose con ellos nada más que la alegría de unos pocos, voy a seguir diciendo que es un ALIVIO. Que la vida no quiera que un día de estos, muera de manera similar alguien que quiero porque decidió subirse al automóvil de alguien que estaba borracho. Seguramente lamentaré su muerte, pero eso no va a quitar el hecho de que será un PELOTUDO DE MIERDA.

La epidemia del miedo

Anoche hice un largo recorrido en ómnibus desde San Lorenzo hasta Lambaré en un viaje de poco más de hora y media, entre las 10 y las 12 de la noche aproximadamente. Durante el largo trayecto tenía planeado quitar de mi mochila el libro de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte que comencé a leer hace unos días, preparándome para el estreno de la película en dos semanas, pero cuando me disponía a hacerlo no pude evitar fijarme en las demás personas que estaban viajando en el mismo bus.

La descripción de la escena es la siguiente: entre 12 y15 extraños, ninguno fijando la mirada en otro y ni siquiera de reojo, algunos simplemente tapándose el rostro con la mano pretendiendo dormir y otros fingiendo que observan ensimismados a través de la ventana. Los brazos sostienen con mayor fuerza las mochilas y las carteras, y los asientos dobles ocupados solamente hacia la ventana; ningún extraño sentado junto a otro extraño. De vez en cuando sube alguien y las cabezas giran disimuladamente hasta que el nuevo pasajero haya encontrado otro par de asientos vacíos para ubicarse pegado a la ventana y perderse en la indiferencia, entonces las demás cabezas vuelven a su lugar dejando en entrevisto un leve suspiro de alivio.

No me había dado cuenta, pero durante esta dismiluada oteada, mis manos sostuvieron con mayor fuerza la mochila que llevaba en el regazo y lo que hice a continuación fue bastante predecible: perdí la vista en la nada, a través de la ventana, intentando disfrutar de vez en cuando de la diversidad callejera, sin dejar de virar la cabeza cuando un extraño subía o un pasajero se levantaba para descender por la puerta trasera. El miedo es contagioso y nos está consumiendo lentamente junto con nuestra desesperación de soportar el día tras día con nuestros propios problemas, los cuales son suficientes sin que un extraño suba a un ómnibus a ciertas horas del día y apriete una navaja contra la espalda, o entre a nuestras casas en horas de la noche, o se nos cruce en una calle poco transitada.

Nuestras ciudades están llenas de policías que quiebran las leyes que deberían hacer cumplir, y personajes caricaturescos que prometen soluciones a cambio de un voto, mientras los ladrones y asaltantes son amparados por los hipócritas defensores de los derechos humanos, quienes dictan que no podemos matar a un intruso en nuestros propios hogares, a menos que sea con un arma de menor daño que la del criminal. Deambulamos como sombras bajo reinos de monopolistas y sufrimos esquivando los baches queriendo llegar temprano a las oficinas, donde los sueldos son inferiores a lo que merecemos y el día no parece avanzar; y en algún momento de la jornada nos detenemos y nos preguntamos si cerramos bien las puertas de la casa y si candadeamos el portón al salir, pero lo hacemos casi sin pensarlo, que ya se está arraigando en nosotros ese pensamiento de que en cualquier momento y en cualquier lugar, todo puede irse a la mierda.

Y yo me pregunto ahora, después de haberme asegurado de cerrar el portón de casa al correr al trabajo, ¿hasta cuándo?

Carla Fabri y los Cangrejos

La entrega del premio MTV por parte de Larissa Riquelme a Lady Gaga me parece perfectamente natural. Quizás el Universo reaccione buscando el balance y anule la estupidez de una con la de la otra, convirtiéndolas en polvo. Habiendo dicho esto, ¿les parece este, un comentario generado de una profunda envidia interna que pueda tenerle a ellas?

Adoro leer a Carla Fabri y su Canasta Mecánica los fines de semana. Es probablemente lo único interesante que hay en ABC, aunque creo que alguien debe acercársele y ofrecerle un blog para una mayor cantidad de lectores, que sus contenidos siempre son perfectos para el debate. Pero luego de leer su última publicación titulada Larissa Riquelme y los Cangrejos, no pude evitar arquear las cejas y poner cara de personaje de anime con un signo de interrogación sobre la cabeza.

¿Realmente existe alguien con un coeficiente intelectual aceptable que pueda tenerle envidia a alguien como Larissa Riquelme?

Alegando envidia y falta de sentido del humor, se defiende a esta futura ex-paraguaya demostrando sus majestuosos y endividables logros: salir en la revista brasilera PlayBoy en 3D, subir el rating de un programa de farándulas y chismes mejicano, una relación sentimental con un tal Koque Oneto (de quien nadie duda que es hetero, clarísimo) y una agenda apretada de actividades de alto contenido cultural y progresista. Casi parece sarcasmo, pero la autora del texto habla con una seriedad decepcionante.

¿Por qué no festejar el éxito de una compatriota?, dice ella, y yo pregunto, ¿una compatriota vendería a su propio país por dinero? Yo no tenía ningún problema con el éxito que consiguió la, ehem, modelo de 25 años al comenzar el mundial, porque ingenuamente pensaba que ella estaba realmente apoyando a la selección paraguaya, en vez de promocionarse a sí misma descaradamente. Verla posar con una remera española fue el principio de una serie de actuaciones lamentables que dejaron al descubierto sus principios, o mejor dicho, su falta de ellos, y lo que siguieron no fueron más que demostraciones de la clase de persona que es realmente.

Todo bien con que cada ser humano tenga la libertad de hacer de su orificio anal un búcaro destinado a la ostentación de flores y rosas, pero lo que me molesta que no se tiene en cuenta cuando a los detractores se nos tilda de antipáticos o envidiosos, es el innegable hecho de que una persona que haya alcanzado cierto éxito mediático, no puede evitar representar a su país una vez que cruce las fronteras. Y no se trata de una obligación moral o ética, sino simplemente del hecho de que las preguntas sobre el país de origen nunca faltan a la hora de enfrentarse a la prensa extranjera. ¿De dónde viene esta persona famosa? ¿Cómo es su país? ¿Qué puede contarnos de ese lugar que pueda interesarle al público internacional? Sea de la profesión que sea, una persona “famosa” siempre recibe preguntas de esa índole.

Por supuesto, según Larissa Riquelme, Paraguay es un país de 6.000 habitantes con mujeres putas que se calientan con facilidad y se dejan manosear sin vacilar. ¿Dónde cabe la envidia en esta ecuación? No logro entenderlo.

No defendamos lo indefendible, si vamos a hablar de envidia, déjenme decirles que le tengo una sana envidia a personas como Berta Rojas o Renate Costa, que llevan lo mejor del Paraguay a varios rincones del planeta. ¿Pero a Larissa Riquelme? ¿Me estás jodiendo? Yo no soy el ejemplo de patriotismo perfecto, pero si estuviera en mis manos llevar un pedacito de esta tierra a destinos alejados, al menos haría la tarea.

Carla Fabri termina con una fábula sobre unos cangrejos, y déjenme terminar diciendo que la única razón por la cual los cangrejos latinos no dejan escapar al que intenta salir, es simplemente porque el primer cangrejo que intenta salir no sabe de donde viene ni adonde va, pero esperen a que este cangrejo se ponga siliconas y comience dejarse manosear por los demás crustáceos, ahí de seguro lo dejan volar.

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Quiero más tiempo

Éstas últimas semanas, mi vida fue representada por la palabra TIEMPO.. poco, mucho, descontrolado, juguetón, vengativo, rencoroso, inquieto, indeciso, pero pocas veces benevolente con mi persona. Se siente como agua entre los dedos, y no tengo una frase más cliché para decir lo que siento al respecto. Es simplemente frustrante.

Me estoy desorganizando, y al menos ya lo he comprendido, pero eso no me quita las ganas de seguir metiéndome en actividades que no puedo realizar eficazmente. Supongo que eso es lo malo de ser curioso,  abierto o estar predispuesto a muchas cosas hasta cierto punto. Y no me estoy jactando de hacendoso, puesto que me apunto para más actividades de lo que puedo abarcar y termino realizándolas por la mitad y no tan eficazmente como quisiera o debería. Algunas personas están cuestionando mis habilidades, y lo hacen con justa razón, yo lo haría si estuviera en lugar de ellos, y eso no hace más que aumentar mi grado de frustración.

Así que vengo aquí, en mi rincón catártico para no gastar dinero en una bolsa de boxeo, donde puedo gritar utilizando mayúsculas que QUIERO MÁS TIEMPO.. días de 30 horas, no es mucho pedir. Y así podré rescatar animales, y escribir más, y ver más películas, y leer más, y hacer ejercicios, y estar presente para cuando mis pocos amig@s necesitan de mis consejos y apoyo, y un buen etcétera.

El tiempo no espera a NADIE..

El Poder de la Zanahoria

Bunny and Carrot by Kornasaur

Bunny and Carrot by Kornasaur (DeviantArt.com)

A propósito de tanto debate sobre la homosexualidad que se está generando luego de la aprobación del matrimonio gay en Argentina, me pareció simplemente adecuado contarles una anécdota personal.

Cuando era chico odiaba la zanahoria, nunca la había probado pero el simple olor y el hecho de tenerla cerca me irritaba bastante. Mamá siempre cortaba rodajas de zanahorias y hacía las ensaladas con ellas, pero yo no podía verlas y mucho menos ingerirlas, por más que cerrara los ojos, pues allí estaban frente a mi. Desde que tuve uso de razón, no había nada más grandioso que la lechuga y el tomate con algunas rodajas de cebolla. Mamá sabía perfectamente qué tanto vinagre debía poner para que me gustara, de otra manera ya sospechaba de ella, y de vez en cuando encontraba entre las hojas dos o tres rodajas de zanahoria, pero nunca pudo lograr que la probara.

El tema es que, mi ojo izquierdo no se desarrolló completamente antes de nacer, por lo que mi situación fue bastante delicada cuando pequeñito. A los cuatro años fui operado para arreglar en gran parte el problema de visión que tenía, pero lógicamente estaba destinado a vivir con lentes y usar parches para los ojos cada cierto tiempo. En preescolar se burlaban de mi, con lentes casi tan grandes como mi propio rostro y parches que me hacían tropezar de vez en cuando ya que al tener cubierto el ojo derecho, debía ejercitar el izquierdo y eso no siempre salía bien. Creo que mamá no sabe pero ya en preescolar comencé a pelearme con mis compañeros, algunos de los cuales solían robarme mis desayunos o corrían con mi mochila gritándome “cuatro ojos” y apodándome de varias formas. Tengo una imagen simpática en mi memoria en donde estoy tirando al suelo a un compañero pelirrojo en primer grado, luego de repetidos insultos a los cuales, en mi sana inocencia, no sabía como responder mejor.

Por tal razón, mamá quería acostumbrarme a comer zanahorias y otras verduras como la espinaca, ya que son geniales para la vista. Con la espinaca no fue tanto problema, porque tenía a Popeye salvando a Olivia de Brutus, y por un tiempo, eso fue suficiente para que las comiera, pero con la zanahoria no había solución aparente. Recuerdo que en primer grado me hizo paticipar de una obra teatral en donde tenía que disfrazarme de conejo, esperando que a través de la misma, comprendiera la importancia de las zanahorias, pero como aún no había desarrollado mi actual ferviente pasión hacia el cine, esa ficción me resultó bastante sospechosa. Lo más probable es que haya pensado que todo se trataba de una gran conspiración para hacerme comer zanahorias. Pero nada resultó.

Crecí, seis, siete, ocho años, y como las cosas no estaban tan bien económicamente en casa, comencé a ir junto a un compañero que vivía a unas diez cuadras de casa, para que su padre nos llevara a la escuela. También solía almorzar ahí, no era nada rico como los platos de mamá, pero se digerían muy bien por el hecho de no tener mejor opción. Y fue ahí que sucedió lo impensable, una siesta almorzando en aquella mesa extraña a mi hogar, satisfecho por el plato terminado, tomé con mis pequeñas manos un vaso de jugo de naranja que me había servido la señora de la casa y la terminé de un sorbo (amaba el jugo de naranja), agradeciendo por la amabilidad de todos, como era costumbre. “Está delicioso el jugo de naranja, señora Benita”, dije con alegría, a lo que ella respondió “Gracias mi hijo, es jugo de naranja y de zanahoria”.

Mis ojos estuvieron a punto de saltar de sus cavidades y bajé rápidamente la mirada hacia el vaso, metí un dedo, la limpié y la llevé de nuevo a los labios. Después de meditarlo un segundo, no hice más que preguntar si podía tomar otro vaso antes de partir. Lo disfruté lentamente desde el primer sorbo, sin apurarme y sentí entre la naranja, el exquisito sabor de una zanahoria hecha jugo con un poco de azúcar. ¿Quién iba a pensarlo que así descubriría que no era tan malo después de todo? Tanto rechazo y miedo sin siquiera probarlo o saber más de ella. ¿Cuántas veces será que nos dejamos llevar por las emociones y por el miedo a algo desconocido, y no nos decantamos por analizarlo profundamente antes de emitir algún juicio, y preguntarnos haciendo una honesta introspección: realmente vale la pena rechazarlo?

Hasta hoy día, no puedo comer zanahorias en ensaladas o de forma cruda, pero tenerla en mi vida en forma de jugo le da un sabor de variedad innegable a mi existencia, sin el cual no podría haber aprendido a ser indiferente a los insultos, apodos y burlas de conocidos, que no dejaron de llamarme “cuatro ojos” desde entonces, porque ellos no tienen la más mínima idea del poder de la zanahoria, la misma que hoy me hace mirar con pena como algunos demuestran sus peores caras ante el miedo y el odio que le tienen a algo desconocido que jamás podrá opacar la existencia de otras verduras. Porque es así, la zanahoria existe y jamas podrá ser eliminada, solo basta con comprender que nadie está obligado a probarlo, después de todo, siempre tendremos la espinaca y el durazno, y caer en cuenta de que la variedad es lo que otorga una verdadera belleza a la existencia del ser humano, a diferencia de la monotonía de lo acostumbrado.

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Patriotismo con fecha de vencimiento

Me estaba imaginando mientras escribía el título de esta entrada, que entraba a un supermercado unos días antes del Mundial y veía habilitado un pasillo con un cartel que dictaba “Mundial 2010″. Me acercaba lentamente, intrigado por lo que podría ver, pensando en pelotas de fútbol, remeras y otras ropas albirrojas, así también las malditas vuvuzelas, pero una vez que asomé la cabeza me asombré de la simetría que se formaba entre ambos estantes, pues todos los productos tenían exactamente la misma forma.

Una mirada más cercana revelaba que se trataba de pequeñas cajas que tenían impresa encima la palabra “Patriotismo”, y que una vez abiertas, centelleaba un rojo, blanco y azul casi cegador. Banderas de Paraguay, siendo vendidas en cajitas con códigos de barra y una pequeña advertencia en letras pequeñas: “Fecha de Vencimiento: Eliminación de Paraguay del Mundial Sudáfrica 2010″.

Entenderán la tristeza que me envolvió una vez que desperté de este fugaz viaje imaginario y comprendí que la realidad es aún más fría y descolorida, con las calles sin banderas y las remeras guardadas nuevamente en el ropero. Ni siquiera las vuvuzelas se escuchan ya al menos para recordar donde estuvimos, pues todas las emociones son rápidamente transferidas a los noticieros y las páginas de diarios, y las calles lloran por su ausencia añorando el fervor de los paraguayos que fueron paraguayos solamente un mes.

Las calles también necesitan de gritos de apoyo, así también nuestros árboles, y nuestros animales, y nuestra gente, no solamente nuestro equipo de fútbol. ¿Es tan difícil ver el patriotismo más allá de una pelota de fútbol cuando la fiesta termina? No estoy diciendo que salgamos todos los días con remeras albirrojas o banderas colgadas al cuello, aunque a muchos les hace falta para recordarles en donde están y lo agradecidos que deberían ser por no haber nacido en Iraq o por seguir estando en Paraguay sin la necesidad de viajar a un país con un gran porcentaje de xenofobia como España.

A este Paraguay le debemos muchísimo, y sin embargo, nos empeñamos en enfocarnos en las desventajas y debilidades, comparándonos constantemente con otras tierras sin al menos hacerlo en pro del progreso. No, simplemente lo hacemos para convencernos de que estamos parados en el peor lugar posible, sin tener en cuenta que realmente todo puede ser peor. Eso es lo que digo a cada persona que encuentra una excusa para denigrar su propia localidad. No importa como estén las cosas, siempre podría ir peor.

Y en Paraguay se vive bastante bien.. ¿Qué les parece si le dedicamos un poco de amor para variar? Inclusive algo de vuvuzela.. realmente hace falta algo de ruido.

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Mañana Hicimos Historia

Así es. Mañana Hicimos Historia. Los eventos recientes han alterado tanto los tiempos que de cualquier modo, mañana ya habremos hecho historia, pero iremos a buscar más que eso.

Hoy al salir del trabajo y mirar las calles, simplemente me resigné a esperar por casi una hora la línea de colectivo de regreso a casa. El tráfico es impresionante, las personas van de un lado a otro con una expresión de ansias imposible de esconder, los vendedores de remeras y banderas dan pasitos cortos en las esquinas, las veredas estan atiborradas de gente aplaudiendo y estudiantes gritando cánticos alentando al equipo paraguayo. Es una noche previa cargada de emociones, y mañana será un día aún más inolvidable.

Mañana se demostrará la fuerza de la humildad de nuestros jugadores paraguayos, así como hoy nuestros vergonzosos vecinos brasileros, en vez de concentrarse alentando a su equipo, perdieron el tiempo denigrando al nuestro, y ya vieron el resultado. Así también, mañana los españoles estarán al borde del precipicio, porque nosotros sabemos que lo que realmente importa es vestir la camiseta y gritar con una pasión incontrolada cada gol que marcaremos. Hoy no creo en las coincidencias, hoy siento que los resultados son productos de nuestra pasión, del esfuerzo colectivo y del aliento incandescente del pueblo paraguayo.

Olvidémonos de nuestros enemigos, ignoremos a los inútiles intentos de distracción de un pueblo que se caga en las patas cayendo en la necesidad de burlas cavernícolas. Mañana solamente vistamos el rojo, blanco y azul, y gritemos con todas nuestras fuerzas, que de cualquier manera, mañana ya habremos hecho historia.

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